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Bienestar y Belleza

¿Es posible que los memes afecten a nuestra salud?

Una idea capaz de replicarse y transmitirse eficazmente entre la población no siempre es cierta o beneficiosa para nuestra salud.

The Conversation

La palabra meme se asocia, en general, a una imagen o un video gracioso que se difunde rápidamente entre la población.(Tomado de Internet)

La palabra meme se asocia, en general, a una imagen o un video gracioso que se difunde rápidamente entre la población. | Tomado de Internet

¿Es posible que los memes afecten a nuestra salud?

María Teresa Tejedor Junco, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

La influencia de los genes en nuestra salud es bastante conocida. La probabilidad de que suframos o no algunas enfermedades tiene un componente genético que hace que seamos más o menos propensos a padecerlas.

Algunos genes, por ejemplo, aumentan la predisposición a padecer determinados tipos de cáncer. En otros casos, ejercen un efecto protector, disminuyendo la frecuencia de aparición de una enfermedad en los grupos de población que tienen un determinado genotipo.

Por tanto, nuestra herencia genética combinada con aquellos factores que vienen dados por el ambiente, el estilo de vida, etc., condicionan en gran medida nuestra salud.

Pero, ¿qué tienen que ver los memes con todo esto? ¿Será que nos reímos al verlos y eso libera endorfinas, con el consiguiente efecto relajante?

No, no es a eso a lo que me refiero.

En primer lugar: qué es un meme

La palabra meme se asocia, en general, a una imagen o un vídeo gracioso que se difunde rápidamente entre la población. Sin embargo, ese no fue el significado con que se acuñó inicialmente.

En el famoso libro de 1976, El gen egoísta, Richard Dawkins propone la definición de cultura como un conjunto de ideas, conocimientos, comportamientos, valores y normas que pueden transmitirse entre individuos.

Sugiere el término meme para referirse a la unidad de transmisión cultural, cuyas propiedades serían parecidas a las de los genes. Entre otras, capacidad de transmitirse, fidelidad de replicación y persistencia en el tiempo.

Un meme puede ser una idea filosófica, una melodía, una creación artística, un eslogan publicitario, un poema o una moda. En esencia, una creación cultural que se replica mediante imitación, enseñanza o asimilación. Se transmite entre los cerebros de forma horizontal, vertical e incluso oblicua, extendiéndose en una población y pudiendo pasar a las generaciones sucesivas.

Desde la aparición de los móviles y de Internet, la transmisión de los memes se ha acelerado de forma exponencial. De hecho, hoy en día es posible que un concepto o idea llegue en pocos minutos a millones de personas.

Los memes no “viajan” solos, interactúan

Los memes se interrelacionan entre sí. Forman construcciones complejas, como una teoría filosófica, una religión o un sistema de costumbres sociales.

El conjunto de nociones culturales que se va heredando de generación en generación condiciona lo que es o no aceptado socialmente. Esto puede incluir desde no comer determinados alimentos a practicar el canibalismo. Desde las bodas de adolescentes al matrimonio exclusivo con personas del mismo grupo étnico.

Esta teoría de evolución memética (o mémica) de la cultura es bastante controvertida, y las opiniones de biólogos, sociólogos o antropólogos difieren. Pero, en lo básico, el concepto de meme es aceptado.

Pero ¿qué tienen que ver los memes con la salud?

Volviendo a la salud, ¿cómo influyen los memes en ella? Pensémoslo de esta manera: si una conducta es aceptada socialmente y se extiende al resto de la población, viéndola como algo positivo, su efecto en la salud puede ser importante, ¿no?

El kuru era una enfermedad neurodegenerativa de los nativos de Nueva Guinea. Entre las costumbres de estas tribus estaba ingerir los cerebros de los fallecidos para adquirir su sabiduría. Cuando el canibalismo fue oficialmente prohibido, la enfermedad empezó a declinar, hasta terminar desapareciendo, ya que era causada por un prion que se replicaba en el tejido cerebral.

Sin llegar a los extremos del canibalismo, hay otras muchas conductas o convenciones sociales que pueden afectar a nuestra salud.

Sin ir más lejos, el uso de mascarillas, el ejemplo de mayor actualidad. Podemos, por supuesto, encontrar otros, como el consumo de tabaco, alcohol y otras drogas o las prácticas sexuales de riesgo.

Hubo un tiempo en el que no había serie de televisión o película en la que los actores no fumaran o bebieran en exceso. También el consumo de drogas o las prácticas sexuales de riesgo eran algo habitual entre diversos colectivos y se veían como algo totalmente aceptable.

He aquí la cuestión. Los buenos memes no son siempre memes buenos. Es decir, una idea capaz de replicarse y transmitirse eficazmente entre la población no siempre es cierta o beneficiosa para nuestra salud.

Así, por ejemplo, muchas fake news sobre enfermedades y tratamientos o sobre las supuestas bondades de determinadas dietas se transmiten y mantienen con mayor facilidad que los hechos científicamente probados.

La ventaja de los memes es que evolucionan y pueden cambiar. Lo que en una época es aceptable puede dejar de serlo si se implantan los mecanismos para modificar el meme o el conjunto de memes concretos.

De este modo, se crearían nuevas normas sociales que transmitirían las ideas beneficiosas para nuestra salud. O, por lo menos, evitarían la transmisión de ideas perjudiciales. Es una evolución más Lamarckiana, de caracteres adquiridos, que Darwiniana.

Como indicaba Dawkins:

 

“Cuando morimos, hay dos cosas que podemos dejar en herencia: genes y memes.

A medida que pasan las generaciones, la contribución de nuestros genes es dividida en dos. No tarda mucho en alcanzar proporciones insignificantes. Pero si contribuyes al mundo de la cultura, si tienes una buena idea…

Cualquiera de esas cosas puede continuar viviendo intacta mucho tiempo después de que tus genes se hayan disuelto en el acervo común”.


Adaptación de la propia autora de este artículo publicado en El Obrero. The Conversation


María Teresa Tejedor Junco, Profesora Titular de Microbiología, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

This article is republished from The Conversation under a Creative Commons license. Read the original article.

The Conversation

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